Hay palabras que no solo describen cosas, sino que ordenan el pasado como si fueran estantes de bibliotecas. Paleolítico y Neolítico son dos de ellas. Suenan a museo, a vitrina llena de fósiles y a carteles discretos, pero estas palabras nacieron de algo mucho más físico y ruidoso: golpes de piedra contra piedra. Herramientas. Cantos afilados. Manos humanas aprendiendo a dialogar con la materia. Que las grandes etapas de la prehistoria lleven nombres derivados de los materiales que usaban para sus instrumentos no es casualidad. Es una declaración de principios sobre quiénes somos y cómo llegamos hasta aquí.
Como decía Leroi-Gourhan llamamos Prehistoria a la “Historia antes de la escritura” , un larguísimo periodo de la humanidad que abarcaría el 99% del tiempo que llevamos los seres humanos en la Tierra. Según el consenso académico, los primeros sistemas de escritura aparecen hacia el 3500-3300 a. C. en Mesopotamia. Todo lo anterior, desde los primeros homininos bípedos hasta las sociedades sin textos, entra en ese saco inmenso y diverso. La prehistoria no es un breve prólogo, sino casi toda la novela.
Para orientarnos en ese largo periodo, la arqueología ha establecido divisiones basadas en criterios tecnológicos, económicos y sociales. Y aquí la piedra toma la palabra. El Paleolítico, la “edad de la piedra antigua” del griego (παλαιός palaiós, "antiguo" y λίθος lithos, "piedra"), y el Neolítico, la “edad de la piedra nueva” (νέος néos, "nuevo" y λιθικός lithikós, "de piedra") deben su nombre a la forma en que los seres humanos fabricaban y usaban herramientas líticas. No a dinastías de reyes, no a batallas, no a mitos fundacionales, sino a bifaces, raederas, núcleos de sílex y puntas de flecha.
Bifaz achelense de Stellenbosch (Sudáfrica) Paleolítico Inferior (+ 1Millón. A.P.)
El bautismo científico de las piedras
La nomenclatura Paleolítico y Neolítico surge en el siglo XIX, en plena efervescencia científica europea. El responsable directo fue John Lubbock, más tarde Lord Avebury, un aristócrata británico con vocación de científico, banquero de profesión, amigo de Charles Darwin y apasionado de la arqueología. En 1865 publicó Prehistoric Times, una obra de divulgación clave, dirigida al gran público, donde propuso dividir la Edad de Piedra en dos grandes fases: Paleolítico y Neolítico.
Lubbock no trabajaba de cero. Su propuesta se apoyaba en décadas de hallazgos y debates previos. El término Prehistoria ya había sido utilizado por Daniel Wilson en 1851 pero fue el libro de Lubbock quien lo popularizo y erradicó las antiguas expresiones antediluviano y diluviano que se usaban hasta entonces para hablar de este periodo. El danés Christian Jürgensen Thomsen ya había formulado a comienzos del siglo XIX el sistema de las Tres Edades: Piedra, Bronce y Hierro. Lo verdaderamente novedoso de Lubbock fue afinar el foco dentro de la Edad de Piedra usando el tipo de herramienta como criterio principal. Observó que las piedras talladas por percusión directa aparecían asociadas a contextos muy antiguos, mientras que las herramientas pulimentadas, más regulares y especializadas, se vinculaban a sociedades agrícolas.
La Europa de Lubbock era un hervidero intelectual donde la búsqueda de restos del pasado más lejano, su estudio y su comprensión se habían convertido en una atractiva moda. La teoría de la evolución de Darwin, publicada en 1859, había cambiado para siempre la forma de pensar el pasado humano. La idea de un progreso gradual, sin intervención divina directa, hacía necesario ordenar el tiempo profundo con nuevas categorías. El Paleolítico y el Neolítico encajaron como piezas recién talladas.
Paleolítico: pensar a golpes de sílex
El Paleolítico comienza hace aproximadamente 2,5 millones de años, con
las primeras herramientas de piedra atribuidas al género Homo, aunque
algunos hallazgos sugieren que homininos anteriores ya manipulaban la piedra.
Finaliza hacia el 10.000 a. C., al término de la última glaciación, con
variaciones regionales.
Durante este periodo, los grupos humanos fueron carroñeros y cazadores-recolectores,
nómadas, expertos en leer el paisaje como si fuera un manual de instrucciones.
Las herramientas líticas se fabricaban mediante talla, golpeando núcleos de
sílex, cuarcita u obsidiana para obtener lascas afiladas. La tecnología
evolucionó desde el modo olduvayense hasta el achelense, el musteriense y los refinadísimos
tecnocomplejos del Paleolítico Superior.
Aquí entra en escena el cerebro. El uso sistemático de herramientas no
fue solo una consecuencia de tener un cerebro grande, sino también una de sus
causas. Fabricar una herramienta implica abstracción, planificación, memoria, coordinación
motora y aprendizaje social. Los procesos cognitivos que se desarrollan para
para realizar los útiles podrán ser similares a los necesarios para desarrollar
el lenguaje. En el yacimiento de Terra Amata (Niza) se conservan los restos de
una cabaña de cazadores recolectores achelenses con 380.000 años de antigüedad
donde se pueden observar distintos espacios y áreas para actividades definidas,
como la talla de utensilios, mostrando así ya una organización de los trabajos.
Neolítico: cuando la piedra se pule y el tiempo se queda
El Neolítico comienza en el Próximo Oriente hacia el 10.000 a. C., con la
llamada Revolución Neolítica, y se extiende de forma desigual por el planeta.
En la Península Ibérica, por ejemplo, se sitúa entre el 5500 y el 3000 a. C. Su
rasgo distintivo no es solo la herramienta pulida, sino un cambio profundo de
modo de vida. La agricultura y la ganadería transformaron la relación con el
entorno. La piedra ya no solo corta o raspa, también abre claros, prepara
campos. Las hachas pulimentadas, más resistentes y duraderas, simbolizan una
humanidad que empieza a quedarse quieta, a construir aldeas y a almacenar
excedentes.
Este nuevo mundo material tuvo efectos directos en los grupos humanos. El
sedentarismo trajo nuevas formas de organización social, jerarquías,
especialización del trabajo. Los seres humanos siguieron adaptándose, ahora a
calendarios agrícolas, a la gestión de recursos y a la convivencia prolongada
en un mismo sitio y en grupos más grandes.
Herramientas que nos hicieron humanos
Decir que las herramientas nos hicieron humanos puede sonar provocador, pero resume con bastante fidelidad décadas de investigación en paleoantropología, neurociencia y arqueología cognitiva. No porque una lasca de sílex tenga poderes ocultos, sino porque fabricar y usar herramientas transformó de manera profunda la forma en que nuestro cerebro creció, se organizó y empezó a pensar el mundo.
Conviene desmontar una idea cómoda: no fue un gran cerebro el que permitió fabricar herramientas complejas, sino un proceso de retroalimentación. Las primeras industrias líticas, como la olduvayense, asociadas a Homo habilis hace unos 2,2 millones de años, aparecen cuando el cerebro de estos homininos apenas superaba los 600 cm³. Y, sin embargo, seleccionaban materias primas, anticipaban formas y repetían gestos eficaces. La piedra obligó al cerebro a afinarse.
Fabricar una herramienta no es un acto mecánico. Implica pensar antes de actuar. El tallador debe imaginar el resultado final, prever cómo se fracturará el núcleo, recordar secuencias de golpes y ajustar la fuerza con precisión. Estudios de neuroimagen con talladores experimentales muestran que durante la talla lítica se activan áreas cerebrales relacionadas con el lenguaje, incluso sin emitir palabras.
Esto ha llevado a proponer que la tecnología allanó el camino del lenguaje. Aprender a tallar no se logra solo observando un objeto terminado; exige ver el proceso, entender la secuencia y transmitirla. Antes del lenguaje articulado, debieron existir sistemas de comunicación gestual y vocal ligados a la producción de herramientas. La cultura material actuó como un andamio cognitivo.
Las herramientas también modificaron nuestra relación con el cuerpo. Un filo de piedra amplía la capacidad de la mano, un raspador sustituye a los dientes, un hacha alarga el brazo. Funciones biológicas se externalizan en objetos. El cerebro puede delegar y dedicar recursos a la vida social, la cooperación o la innovación.
No menos importante es el impacto en la dieta. El uso de utensilios para cortar carne y acceder a médula ósea facilitó una alimentación más rica en proteínas y grasas, clave para sostener el alto coste energético de un cerebro en expansión. En este sentido, una simple lasca pudo ser tan decisiva como cualquier mutación genética.
Con el tiempo, las herramientas dejaron de ser solo útiles y empezaron a ser símbolos. En el Paleolítico medio y superior aparecen tradiciones técnicas, elecciones estéticas y normas compartidas. La herramienta ya no solo sirve para hacer algo, sino para decir algo sobre quién la hace y a qué grupo pertenece.
En el Neolítico, este proceso se acelera. La especialización técnica genera artesanos, la acumulación de objetos crea memoria material y la producción de herramientas se integra en sistemas económicos y sociales complejos. El cerebro humano, moldeado durante miles de años por la piedra tallada, entra entonces en una nueva fase: la de gestionar mundos cada vez más artificiales.
Que sigamos usando las palabras Paleolítico y Neolítico no es un capricho académico. Es un recordatorio de que la tecnología no empieza con el silicio, sino con el sílex. De que nuestra historia más antigua no se escribió con tinta, sino con las aristas cortantes de las piedras y de que, en el fondo, seguimos siendo una especie que piensa con las manos.
Cada vez que pronunciamos esos nombres evocamos a Lubbock y a sus contemporáneos, sí, pero también a millones de nuestros antecesores que, al golpear una piedra contra otra, estaban sin saberlo bautizando una era.
Esta entrada participa en la iniciativa de diciembre 25 de los polidivulgadores de @hypatiacafé con el tema #PVinstrumentos
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Fuentes
Ripoll, S. et alt. "Prehistoria I Las primeras etapas de la humanidad" Ed. Ramón Areces, Madrid, 2023
Leroi-Gourhan, A. La prehistoria. Ed. Labor, Madrid. 1973


Gracias por recordarme lo que me gusta este tema. De jovencillo me apasionaba , pero luego se me pasó 🤷🏻♂️
ResponderEliminarMe encantó tu post y el bautismo científico de las piedras, siempre me atrajo el tema. Un abrazo
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