Sí, ¡al fin! He visto la luz. No es que antes de esto estuviera ciega o metida en alguna cueva. Tampoco es que que haya descubierto la piedra filosofal, pero he visto la luz. Más concretamente, he visto LA FACTURA de la luz. Bueno, no solo la he visto si no que me ha tocado desmenuzarla y estudiarla a cachitos cual Jack el Destripador. Tengo que decir que no es la primera vez que le echo el ojo a esta factura, pero siempre me ha parecido que ella y yo hablamos dos idiomas distintos y no nos entendemos del todo. Aparecen un montón de numeritos y multiplicaciones por días, kw, potencias punta y potencias valle, peajes de transporte y distribución, alquileres, impuestos... ¡y otros impuestos!, códigos CUPS, segmentos tarifarios... Un mareo de datos en dos páginas con una bonita gráfica de barras con tres colorcitos que asusta por su altura en invierno y te alivia, porque es más bajita, en verano. Una sobreinformación para mi cabeza que hace que solo me fije en dos cosas: cuánto...