La interpretación del arte paleolítico es uno de los mayores retos a los que se enfrenta la arqueología. La lejanía temporal lo hace difícil y también lo exiguo de sus restos y la falta de unas certezas culturales compartidas para entenderlo. Somos gentes que pertenecemos a una sociedad productora muy desarrollada tecnológicamente y los medios de vida y el mundo simbólico de los habitantes del Pleistoceno nos quedan muy lejos. Desde que se descubrieron las primeras pinturas de Altamira en 1879, se intentó descifrar su significado. El por qué y para qué habían sido pintadas y cuál era su antigüedad se convirtió enseguida en una de las discusiones más encendidas entre los prehistoriadores. Durante más de un siglo y hasta nuestros días, las respuestas han ido transitando por una serie de marcos conceptuales que reflejan más las corrientes filosóficas y antropológicas de cada época que la mentalidad paleolítica. Las teorías que pretendían explicar el arte prehistórico se han ido sucediendo...
Una cueva oscura, hace 30.000 años. El aire es frío y huele a humedad y al sebo que se quema en la lámpara. Puedes oír las gotas que caen de las estalactitas al suelo, como un metrónomo ancestral. De repente, un golpe seco a una de ellas rompe el silencio. El sonido del primer golpe se amplifica por el eco de la cavidad. Siguen golpeando la roca en distintos sitios y surgen distintos tonos: la roca y el eco producen un ritmo y nace la música. Este código de ritmos no era solo entretenimiento; fue uno de los primeros lenguajes simbólicos de nuestra especie. En la prehistoria existieron manifestaciones simbólicas que han dejado sus rastros en ajuares funerarios, pinturas y esculturas, pero otras como los adornos corporales o la música y la danza no fosilizan. Eso no quiere decir que pongamos en duda su existencia en tiempos paleolíticos, si no que tenemos que saber leer las evidencias e ir más allá de la simple observación visual para constatarlas. ...