La llama de la antorcha iluminaba el espacio con sombras bailonas. El pasadizo se hacía más angosto por momentos y las dos paredes rozaban ya sus hombros. Cuando lo recorrió por completo llegó a un lugar más amplio en el que cabían varias personas, pero no se quedó allí y se dirigió hacía una abertura en la roca. Apoyó la antorcha en las piedras preparadas para eso y sacó de su zurrón de piel la bolsa con el tuétano envuelto en hojas. Rellenó la piedra que solía servirles de lámpara con el tuétano y lo prendió. Alumbrándose con la lámpara penetró a gatas en la grieta hasta llegar al camarín, una sala de algo más de altura y en la que cabían tres personas sin dificultad. Fue paseando la luz por las manos que cubrían la roca. Algunas eran manos rojas marcadas después de pintarse la palma, otras eran espacios rodeados de pigmento rojo. Pensó en todas las personas de generaciones anteriores que habían estado allí antes que ella haciendo lo mismo que ella iba a hacer ahora. Tomó aire, se se...