Una cueva oscura, hace 30.000 años. El aire es frío y huele a humedad y al
sebo que se quema en la lámpara. Puedes oír las gotas que caen de las estalactitas
al suelo, como un metrónomo ancestral. De repente, un golpe seco a una de ellas
rompe el silencio. El sonido del primer golpe se amplifica por el eco de la
cavidad. Siguen golpeando la roca en distintos sitios y surgen distintos tonos: la roca y el eco producen un ritmo y
nace la música.
Este código de ritmos no era solo entretenimiento; fue
uno de los primeros lenguajes simbólicos de nuestra especie. En la prehistoria existieron manifestaciones
simbólicas que han dejado sus rastros en ajuares funerarios, pinturas y esculturas,
pero otras como los adornos corporales o la música y la danza no fosilizan. Eso
no quiere decir que pongamos en duda su existencia en tiempos paleolíticos, si
no que tenemos que saber leer las evidencias e ir más allá de la simple
observación visual para constatarlas.
Datando la música de las cuevas
Para poder reconstruir el pasado acústico de la prehistoria nos servimos de la arqueología experimental, la traceología o análisis de las huellas de uso, la arqueoacústica o la sonocronía.
En los años ochenta, Lya Dams, una arqueóloga belga que trabajaba en la cueva de Nerja en Málaga publicó un artículo en el que describía por primera vez las huellas de percusión encontradas en un grupo de estalactitas de la cueva y sostenía la tesis de que habían sido utilizadas de forma ritual para producir sonidos. Estas huellas de percusión están asociadas a pinturas rupestres y, además, se han identificado zonas donde los espeleotemas eran astillados y lascados para lograr una afinación precisa. A esta zona de la cueva de Nerja se le conoce en la actualidad como el Santuario del órgano y ha sido estudiada posteriormente por otros arqueólogos como Reznikoff y Jordá que han realizado mediciones acústicas para constatar que los litófonos se encuentran en los puntos de mayor resonancia y que han confirmado la intervención antrópica deliberada sobre las rocas y que estos instrumentos fueron utilizados desde el Solutrense y Magdaleniense, asociándolos temporalmente con las cercanas pinturas.
Para datar en este arco cronológico los litófonos, primero hay que localizar las marcas de los golpes y buscar la ligera capa de calcita que haya crecido sobre ella. Extrayendo una muestra de esta calcita se podrá medir, a través de espectrometría de masas, la desintegración del Uranio en Torio dándonos una datación ante quem de unos 20.000 años para el litófono de Nerja.
Los chamanes en la prehistoria
El ritmo surgido de las rocas pudo haber sido parte del mismo evento
simbólico o ritual en el que se crearon las pinturas según se ve en Nerja. Además,
otros estudios recientes de arqueoacústica revelan que en las cuevas de Lascaux
o Tito Bustillo las zonas con más pinturas son las que tienen mejor acústica. Aquí
es donde la música se une a la magia. Los investigadores Jean Clottes y David Lewis-Williams
plantearon en Los chamanes de la prehistoria una nueva teoría para
explicar el por qué de las pinturas paleolíticas en cuevas. Y su explicación tiene
mucho que ver con el ritmo usado como hackeo del cerebro. Clottes y
Lewis-Williams intentan encontrar un significado al arte paleolítico desde la
biología y la antropología comparada. Su tesis parte de la base de que el
sistema nervioso de los sapiens no ha variado en 40.000 años así que, si
estudiamos hoy los estados de trance de un chaman actual, podemos pensar que
serían las mismas experiencias que podría haber llegado a tener un chaman en el
paleolítico. El ritmo constante sería el desencadenante de los estados de alteración
de la conciencia. Nuestras neuronas, al oír un pulso rítmico constante en una
frecuencia similar a la de las ondas cerebrales inician una sincronización que
puede producir euforia o relajación profunda. La cueva actuaba como una cámara
de privación sensorial y una membrana entre los dos mundos, el real y el
espiritual, que podía ser traspasada en determinadas circunstancias. El ritmo
monótono conducía a una sobrecarga sensorial y a tener alucinaciones. En la
primera fase del trance, los individuos ven puntos, líneas, zigzags y rejillas,
patrones que son respuestas físicas del córtex visual. La línea que separa la
conciencia del trance se desdibuja y se hace permeable. En la segunda fase del
estado alterado, las formas geométricas se convierten en objetos o animales y,
en la tercera fase, el sonido monótono lleva al individuo a convertirse en esos
animales, a sentir que vuela.
Las visiones de estos tres estados de trance producidos por el sonido quizás ayudado por la ingesta de psicotrópicos son similares a las representaciones de signos y manos, animales o de teriantropos.
En la cueva de El castillo, Cantabria, hay alineaciones de puntos en una zona estrecha y de acústica excepcional con evidencias de percusión sobre las paredes. En esta misma cavidad, una estalagmita tallada con atributos humanos y animales solo revela su verdadera naturaleza —el espíritu del chamán— cuando es iluminada desde un ángulo específico, proyectando una sombra que parece cobrar vida con el eco de la percusión.
Otros instrumentos musicales del registro arqueológico prehistórico
Si los litófonos son los primeros “órganos” de la historia, en el
yacimiento de Mezin, Ucrania, encontraríamos los restos de la primera “batukada”.
Se trata de un asentamiento gravetiense de cazadores donde se excavaron grandes
huesos de mamuts desgastados por percusión repetida. El llamado “tambor de Mezin”
es un omóplato de mamut con un severo desgaste por golpeteo y marcas de
percusión en zonas específicas. Tras hacer estudios de arqueología experimental
se ha llegado a la conclusión de que se usaba como un enorme gong. En el mismo
estrato aparecieron colmillos de mamuts pulidos y fémures, todos con marcas de
percusión. Pudieron ser utilizados para golpear unos con otros a modo de xilófono
y también para tañir el gong. Además, había huesos de mandíbula y fragmentos de
marfil que al chocar entre ellos daban un sonido seco y podían haber sido
usados como sonajas o castañuelas. Lo más interesante no es encontrar todo este
conjunto de elementos de percusión, sino que la mayoría de ellos tenían
pintados patrones complejos de líneas en zigzag y meandros. Cerca de
ellos, una zona del suelo saturada de pigmento sugiere que los músicos no solo
tocaban, sino que pintaban sus cuerpos para una danza que unificaba el sonido,
la imagen y el movimiento.
La rave eterna. El ritmo que no cesa.
Cuando hoy entramos en una cueva paleolítica lo hacemos en silencio, pero
la arqueología nos dice que esos e4spacios eran los escenarios vibrantes de
rituales en los que el ritmo era el protagonista. Es sencillo trazar una línea desde
los chamanes prehistóricos golpeando las paredes a los ravers actuales
siguiendo los hipnóticos bajos techno. Puede que hayamos cambiado el sonido de
las rocas y los huesos por los sintetizadores y las lámparas y antorchas por el
laser de colores, pero nuestro cerebro sigue respondiendo al latido profundo de
la percusión con la misma intensidad que hace 30.000 años. Porque, a fin de
cuentas, la música no es solo un constructo cultural sino un pulso que llevamos
grabado en nuestra biología esperando a que alguien, en la oscuridad, golpee la
piedra para ponerse en marcha de nuevo.
Para poder reconstruir el pasado acústico de la prehistoria nos servimos de la arqueología experimental, la traceología o análisis de las huellas de uso, la arqueoacústica o la sonocronía.
En los años ochenta, Lya Dams, una arqueóloga belga que trabajaba en la cueva de Nerja en Málaga publicó un artículo en el que describía por primera vez las huellas de percusión encontradas en un grupo de estalactitas de la cueva y sostenía la tesis de que habían sido utilizadas de forma ritual para producir sonidos. Estas huellas de percusión están asociadas a pinturas rupestres y, además, se han identificado zonas donde los espeleotemas eran astillados y lascados para lograr una afinación precisa. A esta zona de la cueva de Nerja se le conoce en la actualidad como el Santuario del órgano y ha sido estudiada posteriormente por otros arqueólogos como Reznikoff y Jordá que han realizado mediciones acústicas para constatar que los litófonos se encuentran en los puntos de mayor resonancia y que han confirmado la intervención antrópica deliberada sobre las rocas y que estos instrumentos fueron utilizados desde el Solutrense y Magdaleniense, asociándolos temporalmente con las cercanas pinturas.
Para datar en este arco cronológico los litófonos, primero hay que localizar las marcas de los golpes y buscar la ligera capa de calcita que haya crecido sobre ella. Extrayendo una muestra de esta calcita se podrá medir, a través de espectrometría de masas, la desintegración del Uranio en Torio dándonos una datación ante quem de unos 20.000 años para el litófono de Nerja.
Las visiones de estos tres estados de trance producidos por el sonido quizás ayudado por la ingesta de psicotrópicos son similares a las representaciones de signos y manos, animales o de teriantropos.
En la cueva de El castillo, Cantabria, hay alineaciones de puntos en una zona estrecha y de acústica excepcional con evidencias de percusión sobre las paredes. En esta misma cavidad, una estalagmita tallada con atributos humanos y animales solo revela su verdadera naturaleza —el espíritu del chamán— cuando es iluminada desde un ángulo específico, proyectando una sombra que parece cobrar vida con el eco de la percusión.
Esta entrada participa en la iniciativa de marzo 26 de @cafehypatia #PVritmos
Fuentes:
- Dams, L. (1984). Preliminary findings at the 'Organ' sanctuary in the cave of
Nerja, Malaga, Spain. Oxford
Journal of Archaeology.
- Clottes, J. y Lewis-Williams, D. (1996). Los
chamanes de la Prehistoria.
Editorial Ariel.
- Sanchidrián, J. L.
(1994). Arte rupestre de
la Cueva de Nerja. Trabajos sobre la Cueva de Nerja.
- Reznikoff, I. (2008). The anthropology of sound in Upper Palaeolithic decorated caves.
Cambridge Archaeological Journal.
- Pidoplichko, I. G. (1998). Upper Palaeolithic dwellings of mammoth
bones in Ukraine. BAR International
Series (sobre el hallazgo de Mezin).
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