Durante siglos, los mitos no fueron simples relatos, fueron la Historia. En las sociedades premodernas se los escuchaba sin distancia crítica y sin apenas duda, hablaban de un pasado real, transmitido de generación en generación con la única tecnología disponible, la voz y la memoria. Aquiles había existido. Los aqueos habían entrado en la ciudad dentro de un enorme caballo de madera. Troya había ardido. Los dioses habían intervenido en la guerra. No era un simple cuento para entretener, era el pasado.
La sospecha sobre la veracidad de los mitos llegó más tarde, cuando empezó a desarrollarse una idea más exigente de Historia y cuando la cultura cristiana miró aquellos relatos paganos con una mezcla de condescendencia y superioridad moral. Eran historietas ingeniosas y entretenidas, pero propias de una edad infantil del mundo, previo a la verdad revelada y a las bibliotecas y archivos. Durante siglos, lo que había sido memoria histórica pasó a considerarse ficción elegante y entretenida, pero nada más que eso.
Homero y su obra quedaron atrapados en ese cambio de mirada. Para el mundo antiguo fue, ante todo, un transmisor del pasado pero, para la modernidad, un poeta genial que hablaba de cosas que no se sabía con certeza si ocurrieron. Y a esa duda se sumó otra aún más incómoda: ¿existió realmente Homero o solo fue un enigma con barba esculpido en mármol? No tenemos biografía, ni retrato fiable, ni fecha segura de nacimiento o de su muerte. Para muchos filólogos, Homero no fue una persona concreta, sino el nombre que damos a una tradición oral colectiva, elaborada durante siglos y fijada por escrito hace unos 2.800 años. Otros defienden que pudo existir un poeta excepcional que dio forma definitiva a ese material previo... ¡Quién sabe! La llamada “cuestión homérica” sigue abierta hoy en día, recordándonos que incluso el autor más influyente de Occidente es un misterio.
Sea quien sea, Homero es un mito que contó mitos, y no unos mitos cualquiera. La Ilíada y La Odisea funcionan como el ADN narrativo de la cultura occidental. Todas las historias y las pasiones humanas aparecen en ellas. A veces son relatos de amor y pasión, otras de poder y fuerza, de estratégia política o de pura aventura, pura telenovela. En ellas, los dioses discuten como humanos con poder ilimitado, los héroes dudan, se enfurecen y lloran, y la guerra de Troya se convierte en el escenario donde la gloria y la destrucción avanzan de la mano.
La Ilíada entra de lleno en ese conflicto, aunque Homero no narra toda la guerra, sino solo unos días del décimo y último año del asedio. Pero ahí está lo esencial. El detonante es un episodio que mezcla diplomacia fallida y drama familiar. Paris, el príncipe troyano, se lleva a Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta. ¿Rapto o huida consentida? el punto de vista depende de la fuente pero el resultado es el mismo: el honor de Menelao está manchado, y en el mundo homérico eso equivale a una declaración de guerra. Los reyes griegos, ligados entre ellos por antiguos juramentos, organizan una expedición militar. Homero la narra como una epopeya pero, si se lee con los ojos actuales, debajo de los versos asoman intereses mucho más concretos y mundanos. Se trataría de conseguir el control de las rutas comerciales del Helesponto y de un choque entre potencias del Egeo y la Anatolia occidental. Homero habla de dioses, la historia habla de estrategia y geopolítica, pero el resultado es el mismo, una guerra.
Durante siglos, todo esto se leyó como poesía sin valor histórico. Troya era un decorado literario, útil para que Aquiles se enfadara y Héctor muriera con dignidad, nada más. Hasta que, en el siglo XIX alguien decidió cometer una imprudencia intelectual: leer a Homero no como metáfora, sino como pista fiable del pasado real, como fuente histórica.
A Heinrich Schliemann los versos de Homero le acompañaron desde niño cuando su padre le regaló sus obras y Heinrich comenzó a leerlas con obsesión. Al llegar a adulto se convirtió en comerciante, fue políglota autodidacta casi de manera patológica, amasó una fortuna y decidió invertirla en una idea estrambótica que tenía desde pequeño: quería encontrar Troya. Así se lo había prometido a su padre cuando tenía siete años, según él mismo contaba muchas veces. Estaba firmemente convencido de que Homero, exagerando y adornando, estaba relatando hechos reales ocurridos en lugares reales. No le interesaba separar mito e historia, Schliemann quería seguir los textos hasta ver a dónde le llevaban.
Convencido de que Troya no era solo un relato mítico, excavó en la colina de Hisarlik, en la actual Turquía. Allí encontró no una ciudad, sino muchas capas superpuestas de ocupación, murallas, restos de incendios, cerámica, vida cotidiana triturada y abandonada por el tiempo. Se equivocó de nivel cuando dijo encontrar la Troya homérica, destruyó estratos valiosos y trabajó con métodos que hoy pondrían las piel de gallina harían a cualquier arqueólogo, pero tenía razón, acertó en lo esencial: Troya había existido, el mito estaba basado en la realidad.
El momento más célebre llegó en 1873, cuando descubrió un conjunto espectacular de objetos de oro, plata y cobre con diademas, collares, pendientes, copas... Sin dudarlo, se dejó llevar por su entusiasmo y lo llamó el Tesoro de Príamo. El nombre era científicamente insostenible, pero épicamente irresistible. Hoy sabemos que el tesoro pertenece a un periodo mucho más antiguo, alrededor del tercer milenio A.C., muy anterior a la Troya homérica. Pero Schliemann no estaba excavando solo ruinas, él estaba excavando un mito y creando una nueva epopeya.
El episodio culminó con una escena que parece escrita para una superproducción de Hollywood. Schliemann pidió a su esposa, Sophia, que se colocara las joyas. Diademas de oro sobre el cabello, collares cayendo en cascada por el cuello... Luego mandó hacer fotografías. No era solo documentación arqueológica, era escenografía y marketing puro: el intento de crear un nuevo mito, el del arqueólogo que rescata del olvido ciudades perdidas. Con ese gesto, Schliemann dejó claro que no quería limitarse a descubrir el pasado: quería devolverle su aura mítica y su épica, ¡y entrar él mismo a formar parte de este nuevo mito!
Troya no fue su único hallazgo. Impulsado por la misma lectura homérica, excavó en Micenas y descubrió las tumbas reales con sus célebres máscaras funerarias de oro, incluida la llamada “máscara de Agamenón”, mal atribuida de nuevo, pero fundamental para revelar la existencia de una civilización micénica poderosa y olvidada. También trabajó en Tirinto, confirmando que los palacios ciclópeos no eran invención poética. Una y otra vez, Schliemann demostraba lo mismo: que los mitos no eran guías fiables, pero tampoco mentiras gratuitas.
Al final, su figura resume la paradoja central. Descubrió objetos reales, de enorme valor histórico, pero los envolvió deliberadamente en un relato más grande que la evidencia. Como si, después de leer a Homero toda la vida, hubiera comprendido que la única manera de dialogar con los mitos no era desmontarlos, sino escucharlos con atención crítica. El mito no es historia en bruto, pero tampoco su enemigo. Es memoria narrada. Exagera, simplifica, introduce dioses donde hoy pondríamos causas económicas. Pero recuerda.
Y a veces recuerda lo suficiente como para que alguien, miles de años después, siguiendo los versos de un poeta que quizá nunca existió, acabe encontrando una ciudad que nunca debió existir.
Este post forma parte de la iniciativa de polidivulgadores de @hypatiacafe de enero 2026 con la propuesta #PVmitos
Fuentes
Ceram, C. W. Dioses, tumbas y sabios. Ediciones Destino.
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